Profec’a inmediata

 

 

Me salgo de esta hoja.

No sirve ya el papel.

No sirve el llanto.

 

Vengo de dar un doble pu–etazo

en la mesa del hambre y de la usura.

Vengo de atar el miedo a un rayo desbocado,

de recoger la nieve que desciende,

de convertirse mi alma en una seca piel.

Vengo de dibujar el blanco

de una bala en mi frente,

de llevar la ma–ana a los ojos nublados,

de sacar a la calle al luto y a la fiebre.

 

No sirve ya el papel.

No sirve el llanto.

Escribo en las paredes.

 

 

© Juan Ba–uelos, A paso de hierba

© Fondo Editorial Casa de las AmŽricas La Habana, Cuba 2005

 

 

 

Parque zool—gico

 

 

La sombra de un p‡jaro

me advierte del tiempo fugitivo.

La lluvia moja el silencio de las piedras

y cada choza de la colina bala

entre los ‡lamos. Alguien tose

y toma la receta de las cinco.

El restallar de la ropa que lavan

en las orillas del Sabinal,

muere con el crepśsculo,

en la poza del Cura oscuramente juegan

los ni–os con las ni–as,

y los ‡rboles amarillos y los monos

y el chillido del ‡guila

y el gru–ido del puma

detienen mi coraz—n cercado de luto.

 

La sombra del p‡jaro se inclina.

Y mientras una ola sonora de marimbas

me arrastra, viene la zozobra

entre campanas del Angelus,

vienen cuatro alba–iles borrachos

mecidos por el viento

(el viento de Tuxtla es un viento compadre:

nos cuenta al o’do lo que dice el pueblo).

QuŽ cortejo devotamente ajado,

el cielo es una boa en la copa de un ‡rbol

y cuatro hombres avanzan.

 

La ni–a ahogada sue–a con la ardilla.

 

 

© Juan Ba–uelos, El traje que vest’ ma–ana

© Plaza & JanŽs, Barcelona, Espa–a 2000

 

 

 

El mapa

 

 

He mirado la patria largamente.

Se le nota tristeza hasta en el mapa.

Las personas mayores nos explican

que es libre, sin acecho atent’simo de zarpas.

Y a punto estuve de quedarme ciego

porque a la patria la oscurecen llagas,

la pisan botas, se le cierran puertas:

necesaria prisi—n con calles vigiladas.

 

Con el sudor de todos levantamos la espera,

pues no hay dolor que dure lo que dura una mancha.

Que sabemos de noches, de sentencias, amigos,

pero tambiŽn sabemos que llega la ma–ana.

Despertemos, seamos el metal derretido,

lo que quiera la sed, la tierra trabajada,

lo que quieran las piedras, la sencillez del huerto,

lo que pidan las llamas,

en fin -al fin- la piel abierta en surco.

 

He visto largamente el mapa.

PensŽ en mis hijos. Duele. Y eran todos los ni–os.

Fui deletreando el nombre de la patria

mientras buscaba d—nde, d—nde poner los ojos.

Y recordŽ de pronto algo que sangra:

Mexicano de tierra ensalinada,

desollado haraposo,

comedor de la noche y de las hojas,

cat‡strofe de costa a costa,

ando buscando a un pueblo,

              ando buscando a un pueblo.

                                                       Habla.

 

 

© Juan Ba–uelos, A paso de hierba

© Fondo Editorial Casa de las AmŽricas La Habana, Cuba 2005

 

 

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