Fragmentos 1951

(fragmento)

 

 

En cierto sentido, el mundo sucumbe cada d’a. Mientras

en otro sentido, sobrevive.

En un tercero, nada cambia.

 

Acaso Sirio sigue rodeando su estrella compa–era,

y una hoja cae en el lodo, cuando levanta la brisa del sereno.

 

 

© Andreas Okopenko, Poemas reunidos

© Jugend und Volk Verlag, edition neue texte, Viena - Mœnich 1980

© Traducci—n: Claudia Sierich, Caracas 2009

 

 

 

Necrolog’a de un artista  

 

 

1

ƒl nos entreten’a, porque su vida tuvo sentido.

Su vida tuvo sentido, porque Žl nos entreten’a.

2

ÀSu vida tuvo sentido, porque nos entreten’a?

Nos entreten’a, porque su vida tuvo sentido.

3

(El orden de los segmentos ha de ser invertido.)

4

(La admisibilidad de la inversi—n ha de ser cuestionada.)

 

 

© Andreas Okopenko, Poemas reunidos

© Jugend und Volk Verlag, edition neue texte, Viena - Mœnich 1980

© Traducci—n: Claudia Sierich, Caracas 2009

 

 

 

Quimeras 4

(Hommage ˆ Ram—n G—mez de la Serna)

 

 

Emilie Z., una dama entrada en a–os, que hab’a pasado su juventud en un correccional, durante toda su vida se entreg— a la creencia de que muebles viejos y arruinados pod’an llegar a ocultar sumas de dinero nada desde–ables. Una ma–ana me sorprendi— mientras me rasuraba con la noticia de que habiendo ahorrado un monto apreciable a lo largo de los a–os, ahora pretend’a adquirir una cantidad ingente de muebles derruidos en la vieja b—veda de la Calle Linz, donde yo mismo hab’a ido comprando mi ropa para el d’a a d’a.

Durante horas sonaron en su apartamento el martillo y la segueta, y cuando por fin hab’a reducido todo el mobiliario a le–os y aserr’n, volvi—, esta vez para notificar un hallazgo prometedor: hab’a identificado a un comerciante de madera que pod’a llegar a ofrecer una suma nada despreciable a cambio de le–a para quemar..........

 

 

© Andreas Okopenko, El devorador de acacias

© Residenz Verlag, Salzburgo 1973

© Traducci—n: Claudia Sierich, Caracas 2009

 

 

Prosa tras la locura

 

 

Usted sabr‡ disculparme, mi estimada, si a cada instante le toso en la cara.

Contraviene, bien lo sŽ, las buenas costumbres de nuestra convenci—n.

Pero quŽ significa eso hoy en d’a, cuando ni siquiera la Convenci—n de Ginebra nos supo proteger de forma confiable.

Usted sabr‡ disculparme, estimada se–ora, si a cada instante le toso en la cara.

Pero desde la œltima guerra de bacterias mi pulm—n est‡, como quien dice, un tanto atacado.

 

Quiz‡ se trate, que el polvo de cal me perjudic— desde aquella ma–ana en que saquŽ escarbando con los dedos un pedazo de carb—n debajo de mi casa.

No, no necesitaba el carb—n para la calefacci—n (fue un c‡lido d’a de principios de septiembre), el pedazo de carb—n era mi mujer.

 

No se sienta maltratada, estimad’sima, si vuelvo a enfatizar: mi mujer era bonita... y tan joven.

Como podemos ver, puede darse el caso de que una fotograf’a ofrezca mayor similitud con el objeto real que su propia (aunque transfigurada) substancia. As’ por ejemplo, nunca beso el carb—n, sino el papel.

 

ÀQue ir‡ al teatro hoy?

ÀNo piensa usted, estimad’sima se–ora, que Jean Paul Sartre tiene algo de culpa por la œltima guerra? ÀLe gustar’a conversar conmigo sobre el tema? ÀEsta noche cuando estŽ sola, dice?

 

Lamento profundamente comunicarle, mi distinguida se–ora, que otras obligaciones me impiden hacer uso de tal privilegio. Mis d’as tienen una agenda muy determinada, cuyo transcurso no est‡ en mi poder trastocar; por la noche, por ejemplo, siempre escupo mi pulm—n.

 

Oh no, no estuve presente en la œltima fiesta de jard’n. ÀTres orquestas, dice?

Entre nosotros, estimad’sima: ÀEst‡ usted convencida de la necesidad de una cuarta guerra mundial?

 

 

© Andreas Okopenko, Poemas reunidos

© Jugend und Volk Verlag, edition neue texte, Viena - Munich 1980.

© Traducci—n: Claudia Sierich, Caracas 2009

 

 

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