Sue–o 354/ a Kurosawa

 

 

Como una vergźenza que yo ten’a comencŽ a so–ar. La laguna es amarillenta y detr‡s de los paredones de sal se ve el ocŽano. La playa se llama Punta de Lobos y las salinas est‡n al lado. Recorremos la laguna en un bote guiados por un remero descalzo y siento estallar las rompientes a menos de 50 metros. Durante la dictadura el lugar se hizo conocido porque Pinochet lo transform— en su sitio de veraneo y hoy es un para’so de surfistas. Las salinas y la laguna ya no existen y las hab’a olvidado por completo, pero volv’ a recordarlas cuando mi abuela muri—: el botero remaba frente a m’ y a los lados se ve’an las paredes de sal. Tengo cinco a–os, mi hermana tres y estamos con mi abuela. Hab’a nacido en Italia, en Rapallo, y lleg— a Chile con mi madre aśn ni–a. Ambas quedaron viudas con una diferencia de dos d’as. Mi madre, luego mi abuela. Fue un veraneo corto. Mi abuela muri— en 1986. Yo sobreviv’ a una dictadura, pero no a la vergźenza. A–os despuŽs, cuando me lleg— a m’ el turno, su cara se me vino encima como una monta–a blanca de sal. Quise escribirlo, pero las palabras, como v’sceras humeantes, llegaron muertas a mis dedos. Mi nombre: Akira Kurosawa.

 

 

© Raśl Zurita, Las ciudades de agua

© Era Ediciones, Ciudad de MŽxico 2007

 

 

 

O’ un cielo y un mar alucinantes, o’ soles estallados de amor cayendo como frutos, o’ torbellinos de peces    devorando las carnes rosa de sorprendentes carnadas.

 

O’ millones de peces que son tumbas con pedazos de cielo adentro, con cientos de palabras que no alcanzaron a decirse, con cientos de flores de carne roja y pedazos de cielo en los ojos. O’ cientos de amores que quedaron fijos en un d’a soleado. Llovieron carnadas desde el cielo.

 

Viviana llora. Viviana oy— torbellinos de peces elevarse por el aire disput‡ndose los bocados de una despedida trunca, de un rezo no o’do, de un amor no dicho. Viviana est‡ en la playa. Viviana es hoy Chile.

 

El pez largo de Chile que se eleva por los aires devorando las carnadas de sol de sus difuntos.

 

 

© Raśl Zurita, INRI

© Fondo de Cultura Econ—mica , Santiago de Chile 2003

 

 

 

1973

 

 

Han bombardeado La Moneda y se ha producido la estampida. Las calles quedaron vac’as y a esta hora las embajadas est‡n atestadas de gente. Yo fui apresado en la madrugada en Valpara’so pero eso no importa. Importa que necesito amor y estoy solo. Tampoco importa que los tipos hayan huido como ratas. Es la vida. Yo sŽ bastante de eso. O por lo menos. A m’ se me hab’a adelantado un poco, me refiero a la vida, claro. Ten’a hijos y la que para entonces era mi primera mujer me buscaba. Hab’amos roto hac’a algunos meses, pero igual me buscaba. Yo creo que la verdad es siempre algo muy simple, es algo que un ni–o podr’a entender. Los tipos corrieron a perderse y ya est‡. Yo habr’a hecho lo mismo. Me guardaron en la bodega de un carguero. Mal asunto. Me la imagino perfectamente con mi estampita de desaparecido pegada al chaleco y dando la lata. Me refiero a la que era mi mujer, claro. Buena tipa, pero me la imagino perfectamente. Huyeron como ratas. Fue lo que dije. Al primer empuj—n. He comenzado a teclear esto porque estoy s—lo y necesito amor. Es simple. Todos necesitan un poco de amor. Los boquerones de los bombardeos han permanecido desde hace a–os all’. Es algo que un ni–o podr’a entender. Quienes pasan por all’ lo hacen r‡pidamente. Nadie mira por mucho rato all’.

 

 

© Raśl Zurita, Las ciudades de agua

© Era Ediciones, Ciudad de MŽxico 2007

 

 

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